Lau, mujer tomate, amiga querida
Emoticón, que con tu prosa conquistas
Nuestros corazones piden que existas,
Para que alegres siempre cada vida.
Lau, amiga, mi escritora preferida
Te pido, te ruego, no te resistas,
Yo deseo que siempre me asistas
Y en cada ocasión te voz percibida.
¿Qué pretendes a cambio del pedido?
¿Una planta de ñoquis? ¿Un gran pegaso?
¿Un vaso de fernet que nunca acabe?
Di si, y mi corazón será expandido
Di no, mi corazón verá su ocaso
Lo grita un amigo, usted bien lo sabe.
viernes, 17 de septiembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
El horario pico bajo el Sol, solo empeoraba la situación,
¡Necesitaba llegar a casa ya!
Sentía como si una piedra de sal se apoderara de mi garganta,
quitándome todo el liquido del cuerpo.
Mientras camino, fabrico con saliva un oasis de falacias,
intentando engañar aquel desierto que atosiga mi ser.
Me relamo una y otra vez, en busqueda de la más minima hidratación
mientras aprieto el paso con apuro.
Después de lo que me pareció una década de sequía,
llego a casa casi con dificultad.
Me despojo rapidamente de las prendas más acosadoras de mi ropa.
Busco con el máximo entusiasmo que podía, debido a mis escasas fuerzas, los elementos e ingredientes necesarios, para acabar de una vez, con esta árida sensación,
y con todo el placer del mundo, me dispongo a preparar un riquísimo y único
Fernet Branca.
¡Necesitaba llegar a casa ya!
Sentía como si una piedra de sal se apoderara de mi garganta,
quitándome todo el liquido del cuerpo.
Mientras camino, fabrico con saliva un oasis de falacias,
intentando engañar aquel desierto que atosiga mi ser.
Me relamo una y otra vez, en busqueda de la más minima hidratación
mientras aprieto el paso con apuro.
Después de lo que me pareció una década de sequía,
llego a casa casi con dificultad.
Me despojo rapidamente de las prendas más acosadoras de mi ropa.
Busco con el máximo entusiasmo que podía, debido a mis escasas fuerzas, los elementos e ingredientes necesarios, para acabar de una vez, con esta árida sensación,
y con todo el placer del mundo, me dispongo a preparar un riquísimo y único
Fernet Branca.
La tengo frente a mi, y no puedo evitarlo.
La sangre me hierve, las venas de mi frente y mi yugular, pueden palparse por sobre el resto de la piel.
La tengo allí, ante mis ojos, observandome con esa cara de nada, llenando de lágrimas ese frio y superficial rostro.
Mis ojos la escrutan con impiadosa tempestad. Son incontenibles estas ganas desesperadas de tomar el afilado cuchillo carnicero que descansa sobre la mesada, justo tras ella, y ponerle fin a esta historia.
La sangre me hierve, las venas de mi frente y mi yugular, pueden palparse por sobre el resto de la piel.
La tengo allí, ante mis ojos, observandome con esa cara de nada, llenando de lágrimas ese frio y superficial rostro.
Mis ojos la escrutan con impiadosa tempestad. Son incontenibles estas ganas desesperadas de tomar el afilado cuchillo carnicero que descansa sobre la mesada, justo tras ella, y ponerle fin a esta historia.
Miedo.
De repente, como si nada, la habitación se mostró mucho, muchisimo más oscura que de costumbre, más oscura y más fria también.
La tenue luz de Luna que se colaba tímida por la ventana, comenzaba a ocultarse tras un desfile de suntuosas nubes, que se sucedian unas tras otras, desafiantes, con la amenazante apariencia de quebrar en un instante la quietud del firmamento.
El silencio, cooperaba disimuladamente con la noche combinando con vacios secretos, los deshabitados rincones de la casa. La muchacha permanecía allí, absorta, reposada en la vieja mecedora que se ubica a un lado del espacioso living, frente al ventanal del fondo.
Jugaba distraía, casi sin advertirlo, pretendiendo sincronizar los movimientos de la silla, que se balanceaba entre quejas sobre la ceramica, con el reiterado ritmo de los extiguidos segundos que morian en el interior del reloj de pared.
Permanecía inmóvil, mientras su asiento la acunaba con desgano. Se perdian sus ojos observando el renegrido mar de tinta derramado sobre el cielo, y las hojas de los árboles que bailaban con el viento, presas en aquellas ramas, luchando incansablemente por liberarse. Las nubes se espesaban cada vez con mayor velocidad, cubriendolo todo, hasta la última estrella.
Todo a su alrededor continuaba apagandose, dificultando cada vez más la contemplación. Pensó entonces, cuando tomó consciencia de la oscuridad que la envolvía, que sería mejor encender las luces de la sala, aunque sea una. Con pesadez, despegó la espalda del mullido respaldo que la sostenia, quitó el pequeño libro que apoyaba en su falda, que había traido con intención de leerlo, y que abondonó mucho antes de ojearlo siquiera. Dispuesta a levantarse, estudió con la vista la distancia que la separaba de la lámpara más cercana a su ubicación, pero algo en el ambiente la paralizó.
Petrificada en su lugar, ya ni la silla se movia, con la vista fija en la oscuridad del interior, ¿Del interior? ya todo se habia tornado de un único negro, no distinguía donde terminaba la ventana y comenzaba a ser la imagen de una cortina de sombras reflejadas en un vidrio. Aún así, sabia que su atención se mantenia dentro del hogar.
Intentaba controlar todos sus movimientos con sosiego, parpadeaba con cautela, respiraba con pausas marcadas, hasta sus pensamientos procuraba detener, con tal de no alterar esa inquietante atmósfera que fingía no respirar, sin quitar los ojos de la negrura de la sala.
Algo la sorprendió inesperadamente, una fria corriente de aire, proveniente de la dirección que acusaba con la mirada, la envolvió con fuerza, despeinando su larga y acomodada cabellera. Era imposible, aún sin divisar las secciones de la casa, sabia que acechaba el pasillo que conducia a la cocina. Era un estrecho corto y angosto, sin aberturas, no habia rincón posible por donde pudiera filtrarse una ráfaga, no allí, en medio del living. El dominio que pretendia tener sobre sí misma, se disipó con el viento.
Un escalofrio recorrió su cuerpo, sentia su piel estremecerse. Una sensación inquietante se apoderaba de ella. Con desconfianza, buscaba alguna señal en la impenetrable negrura de la espaciosa habitación. No habia nada, nada ni nadie, ningúna extraña alteración en la quietud de la madrugada, sin embargo, su perturbación no cesaba.
La respiración se aceleró repentinamente, como si el aire quisiera escapar con desesperación de sus pulmones. La tormenta ya habia comenzado, pero ella no pudo percibirlo inmediatamente. Ese "algo" dentro de la casa ocupaba toda su atención.
Su corazón, alterado, galopeaba desorientado a un ritmo desigual. Todo sus músculos se tensaban. La mirada recorría una y otra vez vanamente el perímetro, intentando adivinar lo que escondia esa gran mancha de oscuridad. La luz de un rayo iluminó la sala por unos instantes, esa instantánea claridad le permitió vislumbrar que todo a su alrededor se mantenía en serenidad, aún así, ella no se permitía confiar en la calma, un presentimiento se lo advertía.
Quería correr, correr a su cuarto y encerrarse. Quería llorar, quería gritar. Una sensación de ahogo se instaló en su garganta imposibilitando todo deseo de gritar y de llorar, solo un oprimido y debil jadeo lograba atravesar la opresión. Necesitaba correr, correr y huír de esa misteriosa sala, de esa enigmática situación.
Sus pies, torpemente comenzaron a responderle. Vaciló un instante, y se apresuró a correr escaleras arriba, hacia el dormitorio. Sintió que la seguían.
Con brutalidad cerró la enorme puerta de algarrobo barnizado. Sus manos temblaban, dubitativas. Forcejeó unos instantes con la llave, hasta conseguir ganarle al cerrojo. Se avalanzó a encender el velador de bronce que se ubicaba sobre una pequeña mesa de pino que utiliza para leer.
Una vez allí, encerrada y segura bajo la luz eléctrica, revisó con sospecha los recovecos del armario y debajo de la cama. La tormenta afuera se habia desatado con furia, azotando con violencia los cristales de la ventana. Su ritmo cardíaco comenzaba a normalizarse.
Tomó de la cama su almohadón favorito y el cobertor color uva que reposaba sobre una butaca. Vació el armario por completo, a la vez que apilaba a un lado, una montaña de telas y texturas. Depositó el almohadón, en el extremo más oculto del mueble, improvisando una precaria cama. Se ovilló ahí dentro, en posición fetal, puesto que el espacio no era apropiado para sus medidas. Espió una vez más el lugar, ahora con tranquilidad. Se ocultó por completo bajo la suave manta de microfibra, ni su cabeza se asomaba fuera de aquella repentina guaridad. Al cabo de unos instantes, quedó profundamente dormida.
La tenue luz de Luna que se colaba tímida por la ventana, comenzaba a ocultarse tras un desfile de suntuosas nubes, que se sucedian unas tras otras, desafiantes, con la amenazante apariencia de quebrar en un instante la quietud del firmamento.
El silencio, cooperaba disimuladamente con la noche combinando con vacios secretos, los deshabitados rincones de la casa. La muchacha permanecía allí, absorta, reposada en la vieja mecedora que se ubica a un lado del espacioso living, frente al ventanal del fondo.
Jugaba distraía, casi sin advertirlo, pretendiendo sincronizar los movimientos de la silla, que se balanceaba entre quejas sobre la ceramica, con el reiterado ritmo de los extiguidos segundos que morian en el interior del reloj de pared.
Permanecía inmóvil, mientras su asiento la acunaba con desgano. Se perdian sus ojos observando el renegrido mar de tinta derramado sobre el cielo, y las hojas de los árboles que bailaban con el viento, presas en aquellas ramas, luchando incansablemente por liberarse. Las nubes se espesaban cada vez con mayor velocidad, cubriendolo todo, hasta la última estrella.
Todo a su alrededor continuaba apagandose, dificultando cada vez más la contemplación. Pensó entonces, cuando tomó consciencia de la oscuridad que la envolvía, que sería mejor encender las luces de la sala, aunque sea una. Con pesadez, despegó la espalda del mullido respaldo que la sostenia, quitó el pequeño libro que apoyaba en su falda, que había traido con intención de leerlo, y que abondonó mucho antes de ojearlo siquiera. Dispuesta a levantarse, estudió con la vista la distancia que la separaba de la lámpara más cercana a su ubicación, pero algo en el ambiente la paralizó.
Petrificada en su lugar, ya ni la silla se movia, con la vista fija en la oscuridad del interior, ¿Del interior? ya todo se habia tornado de un único negro, no distinguía donde terminaba la ventana y comenzaba a ser la imagen de una cortina de sombras reflejadas en un vidrio. Aún así, sabia que su atención se mantenia dentro del hogar.
Intentaba controlar todos sus movimientos con sosiego, parpadeaba con cautela, respiraba con pausas marcadas, hasta sus pensamientos procuraba detener, con tal de no alterar esa inquietante atmósfera que fingía no respirar, sin quitar los ojos de la negrura de la sala.
Algo la sorprendió inesperadamente, una fria corriente de aire, proveniente de la dirección que acusaba con la mirada, la envolvió con fuerza, despeinando su larga y acomodada cabellera. Era imposible, aún sin divisar las secciones de la casa, sabia que acechaba el pasillo que conducia a la cocina. Era un estrecho corto y angosto, sin aberturas, no habia rincón posible por donde pudiera filtrarse una ráfaga, no allí, en medio del living. El dominio que pretendia tener sobre sí misma, se disipó con el viento.
Un escalofrio recorrió su cuerpo, sentia su piel estremecerse. Una sensación inquietante se apoderaba de ella. Con desconfianza, buscaba alguna señal en la impenetrable negrura de la espaciosa habitación. No habia nada, nada ni nadie, ningúna extraña alteración en la quietud de la madrugada, sin embargo, su perturbación no cesaba.
La respiración se aceleró repentinamente, como si el aire quisiera escapar con desesperación de sus pulmones. La tormenta ya habia comenzado, pero ella no pudo percibirlo inmediatamente. Ese "algo" dentro de la casa ocupaba toda su atención.
Su corazón, alterado, galopeaba desorientado a un ritmo desigual. Todo sus músculos se tensaban. La mirada recorría una y otra vez vanamente el perímetro, intentando adivinar lo que escondia esa gran mancha de oscuridad. La luz de un rayo iluminó la sala por unos instantes, esa instantánea claridad le permitió vislumbrar que todo a su alrededor se mantenía en serenidad, aún así, ella no se permitía confiar en la calma, un presentimiento se lo advertía.
Quería correr, correr a su cuarto y encerrarse. Quería llorar, quería gritar. Una sensación de ahogo se instaló en su garganta imposibilitando todo deseo de gritar y de llorar, solo un oprimido y debil jadeo lograba atravesar la opresión. Necesitaba correr, correr y huír de esa misteriosa sala, de esa enigmática situación.
Sus pies, torpemente comenzaron a responderle. Vaciló un instante, y se apresuró a correr escaleras arriba, hacia el dormitorio. Sintió que la seguían.
Con brutalidad cerró la enorme puerta de algarrobo barnizado. Sus manos temblaban, dubitativas. Forcejeó unos instantes con la llave, hasta conseguir ganarle al cerrojo. Se avalanzó a encender el velador de bronce que se ubicaba sobre una pequeña mesa de pino que utiliza para leer.
Una vez allí, encerrada y segura bajo la luz eléctrica, revisó con sospecha los recovecos del armario y debajo de la cama. La tormenta afuera se habia desatado con furia, azotando con violencia los cristales de la ventana. Su ritmo cardíaco comenzaba a normalizarse.
Tomó de la cama su almohadón favorito y el cobertor color uva que reposaba sobre una butaca. Vació el armario por completo, a la vez que apilaba a un lado, una montaña de telas y texturas. Depositó el almohadón, en el extremo más oculto del mueble, improvisando una precaria cama. Se ovilló ahí dentro, en posición fetal, puesto que el espacio no era apropiado para sus medidas. Espió una vez más el lugar, ahora con tranquilidad. Se ocultó por completo bajo la suave manta de microfibra, ni su cabeza se asomaba fuera de aquella repentina guaridad. Al cabo de unos instantes, quedó profundamente dormida.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Escribir
Escribir: rozar el teclado de la computadora, tomar un lapiz entre mis manos, dibujar arabescos en el aire. Escribir no es pensar, es sentir.
Yo escribo, y siento como de mis dedos se escapan enredándose y amoldándose, divertidas y apelotonadas letras, conjugándose inevitablemente con signos.
Secretos, miedos, frustraciones; todo se manifiesta y toma vuelo entre mis palabras. Escribir no es escapar del mundo y ocultarme de la realidad, es sumergirme un rato en mi mundo y vivir la realidad que mi mente me tiene preparada.
Son monstruos, princesas y amores que llevan mi firma en cada expresión. Escribir es mi liberación, mi paz, mi verdad.
Escribir es darle paso a mis más puros sentimientos y encajonar por un rato la razón, escribir no es más ni menos. Es simple, es único, es todo.
Yo escribo, y siento como de mis dedos se escapan enredándose y amoldándose, divertidas y apelotonadas letras, conjugándose inevitablemente con signos.
Secretos, miedos, frustraciones; todo se manifiesta y toma vuelo entre mis palabras. Escribir no es escapar del mundo y ocultarme de la realidad, es sumergirme un rato en mi mundo y vivir la realidad que mi mente me tiene preparada.
Son monstruos, princesas y amores que llevan mi firma en cada expresión. Escribir es mi liberación, mi paz, mi verdad.
Escribir es darle paso a mis más puros sentimientos y encajonar por un rato la razón, escribir no es más ni menos. Es simple, es único, es todo.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Pesadillas.
Despertó bruscamente. Una noche más como tantas otras, ahogado en un desesperado grito de dolor. Una vez más, como cada interminable noche, un nuevo desvelo colapsaba su mente.
Se sentó de golpe en la cama y sintió unas frias gotas de sudor brotar de su nuca, un leve estremecimiento recorrió toda su espalda y sus labios temblaban dudosos, inquietos, espectantes.
Su mirada buscaba acusante quién sabe qué, en cada rocóndito rincón de aquella vacía habitación, escrutando con miedo la impenetrable oscuridad que lo rodeaba.
Atemorizado, creyó ver una imposible silueta escondida en medio de la nada que lo envolvía. Sabía que era hora y que eran ellos; sabía que, como cada noche, venían a atormentar sus sueños, a acompañar el insomnio.
Eran ellos: aquellos feroces monstruos sin cuerpo y sin forma; sin caras de terror, sin enormes dientes, ni garras. En nada se parecen a aquellos espeluznantes demonios de película y sin embargo solo su presencia lo atormentan, lo torturan y lo destruyen cada noche hasta la locura. Eran las malditas pesadillas vivientes del recuerdo, el remordiemiento y la nostalgia, llegadas de lo mas hondo de la consciencia, que lo mantenían en esa constante alucinación.
Sentado en la pequeña cama de su desolada habitación, rodeado de todos esos perturbantes espectros, se tomaba la cabeza desesperado y con angustia y dolor, emitió quejoso, un desgarrado y ensordecedor alarido que quebró la quietud y el silencio de la noche.
Las lágrimas, incontenibles, comenzaban a brotar con prisa de sus ojos, queriendo huir de aquel cuerpo destrozado.
-¡No puedo!- gritaba -¡No puedo!, ¡No quiero recordarla!.
El río que nacía en sus pupilas se desbordaba desenfrenado, y su caudal crecia con cada recuerdo.
-Ella no se merece que la recuerde- se decia a sí mismo - o más bien, yo no merezco recordarla, ¡esto está mal!
Las manos hacían fuerza sobre su cabeza, sosteniendo con presión, en un vano intento de contener el recuerdo, de guardar su memoria en el olvido.
Los fantasmas estaban allí, pero él sabía muy bien que eran tan solo un reflejo de la verdadera maldad, solo marionetas pendiendo de los hilos de un único titiritero; sabía que tras aquellos monstruos se escondía un perfume de mujer. Ella lograba mantenerse presente en él, aún estando lejos.
Tanto tiempo, tantos inviernos en soledad y todavía no conseguía hallar la forma de desterrarla de su mente. La alquimía de su razón no lo lograba. Ella se había calado en sus huesos y en su carne como un virus sin remedio.
Comprendía que estaba mal, la culpa le pesaba cada día en la sangre. Pensarla era ilegal, era en sus creencias un pecado, aún siendo ella su única religión. Era inaceptable hasta en sus más escondidos deseos.
Ella no estaba, no estaba y no iba a estar, incluso su recuerdo era una ilusión. No había más que eso, y como eso no bastaba, prefería que la nada misma invadiera su cabeza llenandola de ausencia. Deseaba que un blanco inexistente de razón ocupara la totalidad de su mente hasta dejarlo en estado de esquizofrenia total.
No es bueno para él recordarla. Ella lo confunde, lo hace dudar sobre su presente y se odia a sí mismo por hacerlo. Suele encontrarse distraído imaginando las probabilidades del "Que hubiese pasado sí..." ¡Pero no! no podía permitirse siquiera fantasear con alguna premisa en pretérito pluscuamperfecto. Aborrecía cualquier hipótesis que contenga un "tal vez" o un "quizas", el solo hecho de mencionarla le recordaba que ella no estaba y que era su culpa. Él la dejó partir.
-¿Y que tal sí...?- le susurraba un espectro bajito
-¡No! gritaba él al tiempo que se cubría con fuerza los oídos, creyendo en la falsa ilusión de poder ensordecer su imaginación.
Cerró sus ojos casi instintivamente mientras sacudía la cabeza queriendo ahuyentar las voces, pero nada bastaba. Ella lograba traspasar cualquier barrera, atravesar cualquier límite logrando siempre escurrirse y estar presente en cualquier lugar.
Aquella destellante mirada de preciosas esmeraldas se hizo presente en ese cuarto, imponente, majestuosa.
Él, absorto, nada podía hacer contra aquel temeroso ángel de tinieblas que allí expectante no le daba tregua al olvido.
-¡Perdón amor, perdón!- se oía en un débil gemido casi imperceptible -¡Perdón amor! tarde me dí cuenta cuanto te quiero- repetía ya vencido, extendiendo sus brazos hacía aquellos ilusorios ojos que lo observaban en la habitación.
-Tú bien sabes que jamás he querido hacerte daño, no sabía, no creía que hoy me iba a pesar tanto esta decisión. ¡Lo siento, lo sabes! ¡Ves cuanto sufro hoy, lo puedes ver en mis ojos, en mi piel, en mi dolor!. Lo puedes sentir amor. Perdón.
Aquellas palabras nunca antes dichas fueron desgarradas con furia desde lo más hondo del pesar de sus sentimientos. Una confesión desesperada con olor a lamento y gusto a sangre y horror acababa de revelarse en sus labios.
Quebrado en pena hasta la esencia y con lágrimas color muerte desfilando por su rostro, se levantó bruscamente de la cama y frente a esas dos perlas de ensueños que lo acechaban con recelo, abrió con furia la ventana del cuarto. Una fria ráfaga nocturna lo sorprendió de un golpe, llenando de un suspiro la sala. El frescor del aire renovó el ambiente, disipando aquel espesor irrespirable de lamentos en la atmósfera.
Observó la Luna unos instantes. La vio mutar indiferente bajo ese oscuro campo de estrellas, hasta convertirse en el rostro de aquella adorada dama. Pasmado ante las facciones más perfectas que haya visto, se dejó perder dentro ese par de ojos de manantial que brillaban en el firmamento.
Se agarró con firmeza de los lados de la ventana, trepó en ella y con incertidumbre miró el suelo, calculando la distancia que lo separaba de él. Cegado por la locura, se dispuso a saltar hacia el vacío.
-No quiero seguir sientiendo este pesar en las venas mi amor- dijo con la mirada al cielo -No sabes como quisiera verte una vez más, decirte cuanto lo siento, saberte viva en algún lugar. Es cobarde de mi parte no soportar encima el dolor que merezco, pero no es por mí que lo hago sino por tí, tú sí que no lo mereces. Te quiero, voy a liberarte.-
Una extraña brisa bajó del cielo trayendo en el vuelo un dulce y conocido aroma.
-No lo hagas, te amo- se oyó en el viento.
Entre el susto y la sorpresa cayó de espaldas al suelo del cuarto, un ruido seco y estrepitoso resonó en el silencio y su cabeza rebotó fuertemente contra el parqué. Sonrió justo antes de desvanecerse, reteniendo en sus oídos ese "Te amo". No podía determinar si se trataba de un sueño, sí su demencia lo había vencido por completo o sí realmente existieron esas palabras. En medio de esa disputa interna se durmió.
Los primeros rayos de Sol lo descubrieron por la mañana.
Confundido y acongojado por el golpe, intentó abrir con pesadez los ojos, pero el resplandor de luz en su cara se lo impedía.
Tendido en el suelo suspiró aliviado, los monstruos habían desaparecido. El interrogante de horas atrás nuevamente lo acosaba -¿Fue un sueño?- se preguntaba; un nuevo suspiro le trajo la respuesta: el sabor dulce de un beso aún reposaba tibio sobre sus labios, y un ya conocido perfume de mujer todavía podía palparse en el aire.
Se sentó de golpe en la cama y sintió unas frias gotas de sudor brotar de su nuca, un leve estremecimiento recorrió toda su espalda y sus labios temblaban dudosos, inquietos, espectantes.
Su mirada buscaba acusante quién sabe qué, en cada rocóndito rincón de aquella vacía habitación, escrutando con miedo la impenetrable oscuridad que lo rodeaba.
Atemorizado, creyó ver una imposible silueta escondida en medio de la nada que lo envolvía. Sabía que era hora y que eran ellos; sabía que, como cada noche, venían a atormentar sus sueños, a acompañar el insomnio.
Eran ellos: aquellos feroces monstruos sin cuerpo y sin forma; sin caras de terror, sin enormes dientes, ni garras. En nada se parecen a aquellos espeluznantes demonios de película y sin embargo solo su presencia lo atormentan, lo torturan y lo destruyen cada noche hasta la locura. Eran las malditas pesadillas vivientes del recuerdo, el remordiemiento y la nostalgia, llegadas de lo mas hondo de la consciencia, que lo mantenían en esa constante alucinación.
Sentado en la pequeña cama de su desolada habitación, rodeado de todos esos perturbantes espectros, se tomaba la cabeza desesperado y con angustia y dolor, emitió quejoso, un desgarrado y ensordecedor alarido que quebró la quietud y el silencio de la noche.
Las lágrimas, incontenibles, comenzaban a brotar con prisa de sus ojos, queriendo huir de aquel cuerpo destrozado.
-¡No puedo!- gritaba -¡No puedo!, ¡No quiero recordarla!.
El río que nacía en sus pupilas se desbordaba desenfrenado, y su caudal crecia con cada recuerdo.
-Ella no se merece que la recuerde- se decia a sí mismo - o más bien, yo no merezco recordarla, ¡esto está mal!
Las manos hacían fuerza sobre su cabeza, sosteniendo con presión, en un vano intento de contener el recuerdo, de guardar su memoria en el olvido.
Los fantasmas estaban allí, pero él sabía muy bien que eran tan solo un reflejo de la verdadera maldad, solo marionetas pendiendo de los hilos de un único titiritero; sabía que tras aquellos monstruos se escondía un perfume de mujer. Ella lograba mantenerse presente en él, aún estando lejos.
Tanto tiempo, tantos inviernos en soledad y todavía no conseguía hallar la forma de desterrarla de su mente. La alquimía de su razón no lo lograba. Ella se había calado en sus huesos y en su carne como un virus sin remedio.
Comprendía que estaba mal, la culpa le pesaba cada día en la sangre. Pensarla era ilegal, era en sus creencias un pecado, aún siendo ella su única religión. Era inaceptable hasta en sus más escondidos deseos.
Ella no estaba, no estaba y no iba a estar, incluso su recuerdo era una ilusión. No había más que eso, y como eso no bastaba, prefería que la nada misma invadiera su cabeza llenandola de ausencia. Deseaba que un blanco inexistente de razón ocupara la totalidad de su mente hasta dejarlo en estado de esquizofrenia total.
No es bueno para él recordarla. Ella lo confunde, lo hace dudar sobre su presente y se odia a sí mismo por hacerlo. Suele encontrarse distraído imaginando las probabilidades del "Que hubiese pasado sí..." ¡Pero no! no podía permitirse siquiera fantasear con alguna premisa en pretérito pluscuamperfecto. Aborrecía cualquier hipótesis que contenga un "tal vez" o un "quizas", el solo hecho de mencionarla le recordaba que ella no estaba y que era su culpa. Él la dejó partir.
-¿Y que tal sí...?- le susurraba un espectro bajito
-¡No! gritaba él al tiempo que se cubría con fuerza los oídos, creyendo en la falsa ilusión de poder ensordecer su imaginación.
Cerró sus ojos casi instintivamente mientras sacudía la cabeza queriendo ahuyentar las voces, pero nada bastaba. Ella lograba traspasar cualquier barrera, atravesar cualquier límite logrando siempre escurrirse y estar presente en cualquier lugar.
Aquella destellante mirada de preciosas esmeraldas se hizo presente en ese cuarto, imponente, majestuosa.
Él, absorto, nada podía hacer contra aquel temeroso ángel de tinieblas que allí expectante no le daba tregua al olvido.
-¡Perdón amor, perdón!- se oía en un débil gemido casi imperceptible -¡Perdón amor! tarde me dí cuenta cuanto te quiero- repetía ya vencido, extendiendo sus brazos hacía aquellos ilusorios ojos que lo observaban en la habitación.
-Tú bien sabes que jamás he querido hacerte daño, no sabía, no creía que hoy me iba a pesar tanto esta decisión. ¡Lo siento, lo sabes! ¡Ves cuanto sufro hoy, lo puedes ver en mis ojos, en mi piel, en mi dolor!. Lo puedes sentir amor. Perdón.
Aquellas palabras nunca antes dichas fueron desgarradas con furia desde lo más hondo del pesar de sus sentimientos. Una confesión desesperada con olor a lamento y gusto a sangre y horror acababa de revelarse en sus labios.
Quebrado en pena hasta la esencia y con lágrimas color muerte desfilando por su rostro, se levantó bruscamente de la cama y frente a esas dos perlas de ensueños que lo acechaban con recelo, abrió con furia la ventana del cuarto. Una fria ráfaga nocturna lo sorprendió de un golpe, llenando de un suspiro la sala. El frescor del aire renovó el ambiente, disipando aquel espesor irrespirable de lamentos en la atmósfera.
Observó la Luna unos instantes. La vio mutar indiferente bajo ese oscuro campo de estrellas, hasta convertirse en el rostro de aquella adorada dama. Pasmado ante las facciones más perfectas que haya visto, se dejó perder dentro ese par de ojos de manantial que brillaban en el firmamento.
Se agarró con firmeza de los lados de la ventana, trepó en ella y con incertidumbre miró el suelo, calculando la distancia que lo separaba de él. Cegado por la locura, se dispuso a saltar hacia el vacío.
-No quiero seguir sientiendo este pesar en las venas mi amor- dijo con la mirada al cielo -No sabes como quisiera verte una vez más, decirte cuanto lo siento, saberte viva en algún lugar. Es cobarde de mi parte no soportar encima el dolor que merezco, pero no es por mí que lo hago sino por tí, tú sí que no lo mereces. Te quiero, voy a liberarte.-
Una extraña brisa bajó del cielo trayendo en el vuelo un dulce y conocido aroma.
-No lo hagas, te amo- se oyó en el viento.
Entre el susto y la sorpresa cayó de espaldas al suelo del cuarto, un ruido seco y estrepitoso resonó en el silencio y su cabeza rebotó fuertemente contra el parqué. Sonrió justo antes de desvanecerse, reteniendo en sus oídos ese "Te amo". No podía determinar si se trataba de un sueño, sí su demencia lo había vencido por completo o sí realmente existieron esas palabras. En medio de esa disputa interna se durmió.
Los primeros rayos de Sol lo descubrieron por la mañana.
Confundido y acongojado por el golpe, intentó abrir con pesadez los ojos, pero el resplandor de luz en su cara se lo impedía.
Tendido en el suelo suspiró aliviado, los monstruos habían desaparecido. El interrogante de horas atrás nuevamente lo acosaba -¿Fue un sueño?- se preguntaba; un nuevo suspiro le trajo la respuesta: el sabor dulce de un beso aún reposaba tibio sobre sus labios, y un ya conocido perfume de mujer todavía podía palparse en el aire.
lunes, 9 de agosto de 2010
Noche otoñal
Una otoñal noche sin nubes (si mal no recuerdo) me trajo, con aquella desprolija brisa revolviendo mi pelo, memorias de aquel particular viento de la costa, de esas inolvidables vacaciones pasadas, de aquellos recuerdos de arena.
El cielo parecia de luto, vestido de un negro imprenetrable. Las interminables charlas se enredaban entre memorias, amigas, música y el inconfundible sabor de un Fernet.
De repente, la magia brotó entre un par de manos allí presentes. Asombradas, observamos aquel inesperado pero tambien ansiado regalo, y con antojo deleitamos la sorpresa. Sin espera ni preámbulos, la oscuridad vio la luz nacer en una llama. Nuestros ojos se encontraron, y con una mirada cómplice y silenciosa vimos la noche encenderse.
En una rueda estática, sin movernos del lugar, comenzamos a girar tan solo con un suspiro. Las risas entre el humo, se animaban a volar. Perdidas, sin destino, se marchaban hacia ningún lugar.
La memoria y el olvido se enredaban en las sombras, el pasado y el futuro se mezclaban en el tiempo. Las horas se espesaban, desorientadas en el aire, esfumandose luego de cada bocanada.
El vaso de Fernet, transpiraba sobre la mesa, y la música de fondo parecía lejos, olvidada. Solo las risas se oían, risas sin sentido y sin gracia. Risas vacías, risas de olvido. Risas guiadas por una mirada indiferente, desorientada, que buscaba esconder tras esa falsa nube de ilusiones, la tristeza de la realidad.
El cielo parecia de luto, vestido de un negro imprenetrable. Las interminables charlas se enredaban entre memorias, amigas, música y el inconfundible sabor de un Fernet.
De repente, la magia brotó entre un par de manos allí presentes. Asombradas, observamos aquel inesperado pero tambien ansiado regalo, y con antojo deleitamos la sorpresa. Sin espera ni preámbulos, la oscuridad vio la luz nacer en una llama. Nuestros ojos se encontraron, y con una mirada cómplice y silenciosa vimos la noche encenderse.
En una rueda estática, sin movernos del lugar, comenzamos a girar tan solo con un suspiro. Las risas entre el humo, se animaban a volar. Perdidas, sin destino, se marchaban hacia ningún lugar.
La memoria y el olvido se enredaban en las sombras, el pasado y el futuro se mezclaban en el tiempo. Las horas se espesaban, desorientadas en el aire, esfumandose luego de cada bocanada.
El vaso de Fernet, transpiraba sobre la mesa, y la música de fondo parecía lejos, olvidada. Solo las risas se oían, risas sin sentido y sin gracia. Risas vacías, risas de olvido. Risas guiadas por una mirada indiferente, desorientada, que buscaba esconder tras esa falsa nube de ilusiones, la tristeza de la realidad.
Cerré mis ojos esa noche, mientras el humo se disipaba, el viento acarició mi rostro y sonreí, me encontraba una vez mas, en aquella lejana playa.
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