martes, 14 de septiembre de 2010

La tengo frente a mi, y no puedo evitarlo.
La sangre me hierve, las venas de mi frente y mi yugular, pueden palparse por sobre el resto de la piel.
La tengo allí, ante mis ojos, observandome con esa cara de nada, llenando de lágrimas ese frio y superficial rostro.
Mis ojos la escrutan con impiadosa tempestad. Son incontenibles estas ganas desesperadas de tomar el afilado cuchillo carnicero que descansa sobre la mesada, justo tras ella, y ponerle fin a esta historia.

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