miércoles, 18 de agosto de 2010

Pesadillas.

Despertó bruscamente. Una noche más como tantas otras, ahogado en un desesperado grito de dolor. Una vez más, como cada interminable noche, un nuevo desvelo colapsaba su mente.
Se sentó de golpe en la cama y sintió unas frias gotas de sudor brotar de su nuca, un leve estremecimiento recorrió toda su espalda y sus labios temblaban dudosos, inquietos, espectantes.
Su mirada buscaba acusante quién sabe qué, en cada rocóndito rincón de aquella vacía habitación, escrutando con miedo la impenetrable oscuridad que lo rodeaba.
Atemorizado, creyó ver una imposible silueta escondida en medio de la nada que lo envolvía. Sabía que era hora y que eran ellos; sabía que, como cada noche, venían a atormentar sus sueños, a acompañar el insomnio.
Eran ellos: aquellos feroces monstruos sin cuerpo y sin forma; sin caras de terror, sin enormes dientes, ni garras. En nada se parecen a aquellos espeluznantes demonios de película y sin embargo solo su presencia lo atormentan, lo torturan y lo destruyen cada noche hasta la locura. Eran las malditas pesadillas vivientes del recuerdo, el remordiemiento y la nostalgia, llegadas de lo mas hondo de la consciencia, que lo mantenían en esa constante alucinación.
Sentado en la pequeña cama de su desolada habitación, rodeado de todos esos perturbantes espectros, se tomaba la cabeza desesperado y con angustia y dolor, emitió quejoso, un desgarrado y ensordecedor alarido que quebró la quietud y el silencio de la noche.
Las lágrimas, incontenibles, comenzaban a brotar con prisa de sus ojos, queriendo huir de aquel cuerpo destrozado.
-¡No puedo!- gritaba -¡No puedo!, ¡No quiero recordarla!.
El río que nacía en sus pupilas se desbordaba desenfrenado, y su caudal crecia con cada recuerdo.
-Ella no se merece que la recuerde- se decia a sí mismo - o más bien, yo no merezco recordarla, ¡esto está mal!
Las manos hacían fuerza sobre su cabeza, sosteniendo con presión, en un vano intento de contener el recuerdo, de guardar su memoria en el olvido.
Los fantasmas estaban allí, pero él sabía muy bien que eran tan solo un reflejo de la verdadera maldad, solo marionetas pendiendo de los hilos de un único titiritero; sabía que tras aquellos monstruos se escondía un perfume de mujer. Ella lograba mantenerse presente en él, aún estando lejos.
Tanto tiempo, tantos inviernos en soledad y todavía no conseguía hallar la forma de desterrarla de su mente. La alquimía de su razón no lo lograba. Ella se había calado en sus huesos y en su carne como un virus sin remedio.
Comprendía que estaba mal, la culpa le pesaba cada día en la sangre. Pensarla era ilegal, era en sus creencias un pecado, aún siendo ella su única religión. Era inaceptable hasta en sus más escondidos deseos.
Ella no estaba, no estaba y no iba a estar, incluso su recuerdo era una ilusión. No había más que eso, y como eso no bastaba, prefería que la nada misma invadiera su cabeza llenandola de ausencia. Deseaba que un blanco inexistente de razón ocupara la totalidad de su mente hasta dejarlo en estado de esquizofrenia total.
No es bueno para él recordarla. Ella lo confunde, lo hace dudar sobre su presente y se odia a sí mismo por hacerlo. Suele encontrarse distraído imaginando las probabilidades del "Que hubiese pasado sí..." ¡Pero no! no podía permitirse siquiera fantasear con alguna premisa en pretérito pluscuamperfecto. Aborrecía cualquier hipótesis que contenga un "tal vez" o un "quizas", el solo hecho de mencionarla le recordaba que ella no estaba y que era su culpa. Él la dejó partir.
-¿Y que tal sí...?- le susurraba un espectro bajito
-¡No! gritaba él al tiempo que se cubría con fuerza los oídos, creyendo en la falsa ilusión de poder ensordecer su imaginación.
Cerró sus ojos casi instintivamente mientras sacudía la cabeza queriendo ahuyentar las voces, pero nada bastaba. Ella lograba traspasar cualquier barrera, atravesar cualquier límite logrando siempre escurrirse y estar presente en cualquier lugar.
Aquella destellante mirada de preciosas esmeraldas se hizo presente en ese cuarto, imponente, majestuosa.
Él, absorto, nada podía hacer contra aquel temeroso ángel de tinieblas que allí expectante no le daba tregua al olvido.
-¡Perdón amor, perdón!- se oía en un débil gemido casi imperceptible -¡Perdón amor! tarde me dí cuenta cuanto te quiero- repetía ya vencido, extendiendo sus brazos hacía aquellos ilusorios ojos que lo observaban en la habitación.
-Tú bien sabes que jamás he querido hacerte daño, no sabía, no creía que hoy me iba a pesar tanto esta decisión. ¡Lo siento, lo sabes! ¡Ves cuanto sufro hoy, lo puedes ver en mis ojos, en mi piel, en mi dolor!. Lo puedes sentir amor. Perdón.
Aquellas palabras nunca antes dichas fueron desgarradas con furia desde lo más hondo del pesar de sus sentimientos. Una confesión desesperada con olor a lamento y gusto a sangre y horror acababa de revelarse en sus labios.
Quebrado en pena hasta la esencia y con lágrimas color muerte desfilando por su rostro, se levantó bruscamente de la cama y frente a esas dos perlas de ensueños que lo acechaban con recelo, abrió con furia la ventana del cuarto. Una fria ráfaga nocturna lo sorprendió de un golpe, llenando de un suspiro la sala. El frescor del aire renovó el ambiente, disipando aquel espesor irrespirable de lamentos en la atmósfera.
Observó la Luna unos instantes. La vio mutar indiferente bajo ese oscuro campo de estrellas, hasta convertirse en el rostro de aquella adorada dama. Pasmado ante las facciones más perfectas que haya visto, se dejó perder dentro ese par de ojos de manantial que brillaban en el firmamento.
Se agarró con firmeza de los lados de la ventana, trepó en ella y con incertidumbre miró el suelo, calculando la distancia que lo separaba de él. Cegado por la locura, se dispuso a saltar hacia el vacío.
-No quiero seguir sientiendo este pesar en las venas mi amor- dijo con la mirada al cielo -No sabes como quisiera verte una vez más, decirte cuanto lo siento, saberte viva en algún lugar. Es cobarde de mi parte no soportar encima el dolor que merezco, pero no es por mí que lo hago sino por tí, tú sí que no lo mereces. Te quiero, voy a liberarte.-
Una extraña brisa bajó del cielo trayendo en el vuelo un dulce y conocido aroma.
-No lo hagas, te amo- se oyó en el viento.
Entre el susto y la sorpresa cayó de espaldas al suelo del cuarto, un ruido seco y estrepitoso resonó en el silencio y su cabeza rebotó fuertemente contra el parqué. Sonrió justo antes de desvanecerse, reteniendo en sus oídos ese "Te amo". No podía determinar si se trataba de un sueño, sí su demencia lo había vencido por completo o sí realmente existieron esas palabras. En medio de esa disputa interna se durmió.

Los primeros rayos de Sol lo descubrieron por la mañana.
Confundido y acongojado por el golpe, intentó abrir con pesadez los ojos, pero el resplandor de luz en su cara se lo impedía.
Tendido en el suelo suspiró aliviado, los monstruos habían desaparecido. El interrogante de horas atrás nuevamente lo acosaba -¿Fue un sueño?- se preguntaba; un nuevo suspiro le trajo la respuesta: el sabor dulce de un beso aún reposaba tibio sobre sus labios, y un ya conocido perfume de mujer todavía podía palparse en el aire.


1 comentario:

Anónimo dijo...

sera q el pobre hombre...alimentado d la ilusion q tien el por dentro...dejo fluir su imaginacion escapando d la realidad...d q el solo tien el perfume de esa mujer....y ella esta fisicament con otro????....sera justo...seguir solo con el perfume....o habra q dar tiempo a q ella se d cuenta q es lo q quiere hacer con su vida?