miércoles, 29 de septiembre de 2010

Laura, por Facundo Kishimoto

-Lau ¿Te dijeron que sos muy linda?-preguntó Gustavo tratando de parecer más bello y seductor al unísono.
-Si, no me han dicho otra cosa desde que tengo uso razón.-concluyó la mujer con una sonrisa esfumada en su rostro.
Laura dejó el restaurante sola, decepcionada. No hubo necesidad de consumir nada, de intercambiar palabras vanas. Como un déjà vu eterno vivía con la sensación de que cada salida era la misma, cada hombre, el mismo estúpido.
¿De qué sirve la belleza?-se preguntó al pasar por la vidriera de una tienda. Y continuó hablándole a su reflejo.
-Soy linda, no escucho otras palabras. Pero nadie sabe realmente quién soy. Nadie conoce de mis defectos o verdaderas virtudes ¿Alguien se detuvo a observar los cuadros que adornan mi cuarto? Horas y horas de pinceladas desperdiciadas. Tengo amigos, pero quisiera ese amor lleno de esplendor que los enamorados que desfilan por doquier pregonan. Gustavo, Dario, Joaquín. La misma frase estúpida. ¿Te dijeron que sos muy linda? ¿Es que no se cansarán de ser mediocres? ¿Es que no se cansarán de ser ciegos?-la última frase fue pronunciada casi como un suspiro.
Caminando lentamente, pues se hallaba perdida en el sentido más profundo de la palabra, llegó a su hogar. Arrastrando su cuerpo se transportó hacia el lugar en donde se hallaban sus obras. A su izquierda, paisajes casi cronológicos: amaneceres, atardeceres, un anochecer y una gran luna llena; en el centro autorretratos, al estilo Frida Kahlo pero en lugar de un mono la acompañaba Branca su perra; por último a su derecha situaciones: un beso no concretado, una palabra no dicha, un gesto simulado. Eso era ella: transiciones como la de un momento del día a otro, con una luz esplendorosa como la de la luna (aunque cada vez la suya se apagara más y más), ella y su mascota, la única que no la abandonaba, y esos momentos que no fueron, que quedan solo en la imaginación, en la fantasía.
Se trasladó hasta la cocina y con una desconcertante tranquilidad tomó un cuchillo con sumo cuidado. Regresó al lugar donde se encontraban las pinturas, tomó entre sus manos las de sus retratos y arremetió contra ellas. Cinco minutos bastaron para hacerlas trizas. Había creído que destruyendo sus imágenes se sentiría mejor. Se equivocó. El sonido del teléfono celular interrumpió el momento de éxtasis. Era Gustavo otra vez, reclamando atención, amor y confesándome cuán bella me encontraba por enésima vez, estúpido, pensó Laura. La gente que no acepta la realidad, un no como respuesta, el no saberse deseado, esa es precisamente la que no merece nada. Sin embargo, ella se equivocaba una y otra vez. Nadie vio su imagen como un aspecto de ella, tal vez el menor. Tomaban la parte por el todo, creyendo, etiquetándola como “Lau, la linda”. Ella se consideraba Lau, la artista. Pero necesitamos la mirada del otro y ella ya estaba resignada a que la mirada del otro siempre fuera la equivocada, la que lastimaba.
-Hola-expresó al levantar el tuvo del teléfono
-Lau, te extraño, no puedo vivir sin vos. Dame otra oportunidad. –suplicó la voz gruesa del otro lado.
-Decime ¿Quién soy yo?-preguntó pero sin muchas esperanzas de obtener una respuesta satisfactoria
-Sos la más hermosa ¿Dónde voy a encontrar a otra como vos?-respondió esperando acertar.
Una lágrima corrió a través de su cara al instante de colgar el tubo. Gritó. Gritó hasta que sus cuerdas vocales no dieron más. Gritó hasta que lo vidrios temblaron de miedo. No lloró. Ya no podía ¿Cuántas veces lo había hecho? Fríamente realizo cada uno de los siguientes movimientos:
Trajo de su dormitorio la filmadora guardada en el armario y la colocó en el estratégico sitio para que la lente pudiera apreciar cada detalle. Con el cuchillo en la mano accionó la máquina y comenzó a grabar casi como confesando:
-Para vos que apreciabas mi belleza más que a nada. Para vos que idolatrás cada centímetro de mi cuerpo, te dedico este acto. Para demostrarte que nunca me entendiste, que nunca me quisiste, que no sabés quién soy. Tal vez yo no lo sepa, pero sé que no soy lo que todos ven.-pronunció estas últimas palabras con énfasis.
Acto seguido, tomó el cuchillo, lo alzó hasta la altura de su cara y empezó a cortarse. Varias líneas rojas iban abriéndose segundo a segundo, dejando atrás, en el pasado el rostro que muchos admiraron. ¿No le dolía? No le dolía para nada. El dolor tan profundo había llegado a la superficie haciéndola inmune contra todo sentimiento. Se detuvo un momento, giró su vista hacia el espejo para contemplarse. La sonrisa escondida hace tiempo a causa de la falta de amor, en ese momento floreció. Aun más, soltó una carcajada. Retomó fuerzas y siguió hablándole a la cámara:
-Ahora ¿Soy tan linda? ¿Te atreves a besar mi boca cortada? Hipócrita ¿Amas a esta Lau? Esto es tan sólo el principio. –Con un tono satisfactorio finalizó la frase.
Sus piernas, la derecha y la izquierda fueron laceradas. Muchos cortes aparecieron, y la sangre emergió a borbotones. Por último, su pecho, su abdomen, todo fue lastimado. Se tumbó sobre el suelo no por el dolor, sino porque su organismo se estaba quedando si fuerzas. Nuevamente la risa brotó de Laura. Una estruendosa, alegre e infinita risa. Únicamente dejó de reírse cuando sus latidos se detuvieron. Un charco de sangre la enmarcaba. Branca entró en el cuarto, lamió el rostro de su ama y lloró con lágrimas de verdad.

Gustavo golpeó muchas veces sin obtener respuesta. Tras haber llamado a su teléfono celular y al de su casa y siempre dar con el maldito contestador, había decidido ir personalmente. No aceptaba un no como respuesta. Ya harto de golpear y de gritar el nombre de su amada, abrió la puerta por la fuerza. Y un fuerte olor a sangre fue el primer indicio de la pesadilla.

No hay comentarios: