¿De qué infierno crees que emerges? Colándote en mis días pretendes asustar. Queriendo intoxicar el aire que respiro, perfumándolo con dulce veneno de espinas que huelen a rosas. Buscas que siga ahora tus pasos mas no puedes siquiera andar. Eres un nefasto caminante sin pies.
En tus labios susurras palabras extrañas, dices que hablas de amor. ¿Qué profeta finges ser? En tu predica no se oyen más que lamentos disfrazados con un ficticio sabor a miel.
Desde tu escondrijo te escurres con sigilo hasta mi guarida, invisible, imperceptible. Piensas que desde el silencio podrás apagar mi voz, que tu presencia ausente puede atormentar este fuego que nace, que esas oxidadas cadenas del recuerdo pueden atrapar este sosiego, esta nueva fuerza que hoy me domina. Sin embargo vanos serán tus agotados esfuerzos.
Buscas ahondar en los más profundo de esas viejas heridas, esas que ya no están. Inútil será cualquier inquisición, han cicatrizado ya todos los daños que marcaron mi piel. La sal que guardas en los bolsillos ya no destruye mi cuerpo.
Tu cielo no aplasta más que tu ego. Eres el Dios de las mentiras, y mi escepticismo impide inclinarme ante tu errada grandeza. Hoy te disfraza el velo de la ridiculez y la cobardía. Eres soberano en el reino del olvido. Intentas arrastrarme con falacias a un mundo que ya no existe, que destruiste.
¿Es que todavía no puedes verlo? ¿Es que acaso no lo has notado? Tus palabras ya no llegan aquí donde me encuentro ahora, tus garras ya nunca más podrán alcanzarme. Mientras agotabas tus fuerzas, naufragando en un ayer, yo me he elevado, muy lejos ya de tus impostores besos.
Puedo verte desde aquí, arrastrándote entre suplicas en aquel desierto que te envuelve. Vendiendo entre lágrimas ilusiones tan falsas como tu desdibujada sonrisa. Hoy te veo en aquellas lejanas profundidades donde decidiste anclar tus sueños. Hoy te veo, y siento a lo lejos que susurras mi nombre, pero ya no. Pero ya no.
