jueves, 4 de noviembre de 2010

Volví cargada del super. Me costó un poco abrir la puerta del departamento con las bolsas encima. Dejé con cuidado las compras sobre la mesada, y me apresuré en guardar el vino en la heladera. El vino blanco se toma frío, eso había leído en Internet, y esta noche íbamos a saborear un Viognier 2008. Según el buscador, esa era la mejor opción para acompañar los spaghetti salteados con vegetales que pensaba preparar para la cena. “Todo tiene que estar perfecto”, me dije en voz alta, y continué acomodando las cosas de la comida.
Después de organizar la cocina, tomé apurada el paquete de velas aromáticas que había traído y las dispuse una a una en puntos cercanos a la mesa del comedor, para que nos fuera fácil comer sin luz eléctrica. La música estaba lista y ya sonaba bajito, de fondo, para acompañarme mientras cocinaba, mientras lo esperaba.
El agua estaba en el fuego, casi en su punto de ebullición, mientras yo terminaba de cortar las verduras. Un viejo blues sonaba como telón, y al ritmo de esas notas su rostro se hizo presente en mi mente. ¡Cómo me gusta Hernán! Lo imaginaba perfecto: recién afeitado, con el pelo mojado y bien perfumado. Sonreía, siempre despreocupado, como la tarde en que nos conocimos, como en nuestra primera cita, como en aquella primer noche juntos. Recordaba con nostalgia cada uno de nuestros encuentros, como también aquella lejana e incumplida promesa que yo misma me había hecho de no enamorarme. No pude evitarlo, no pude, ni quise tampoco. Aprendí a amarlo en cada beso, en cada palabra, aunque su amor de papel siempre consumía entre las sábanas.
La ilusión me distrajo hasta que el filo de la cuchilla sobre mi mano izquierda me trajo nuevamente a la realidad. El corte en el dedo índice era apenas visible, pero la sangre que de este brotaba, ponía en evidencia el descuido. Me apresuré a lavarme, desinfectarme y proteger la herida. Ardía un poco, pero nada, y mucho menos tan insignificante suceso arruinaría todo lo que venia preparando hace días.
Terminé de preparar la cena a tiempo y corrí a cambiarme de ropa. Había preparado un vestuario sencillo y casual, pero siempre cuidando de no perder la elegancia. Todo estaba listo. Miraba el reloj impaciente. Mis nervios aumentaban conforme pasaban los minutos. Cada segundo extinguido en el reloj, era un paso más hacia él.
Me recosté en la cama, decidida a aguardar la visita con calma. Las velas ya estaban encendidas, y el olor a jazmín comenzaba a fundirse con el aire. La música parecía sonar mucho más alto ahora, en medio del silencio. Norah Jones y su dulce voz comenzaba a susurrar “Turn me on”, impregnando de esa cálida melodía todos los ambientes de la casa. “I'm just sittin here waiting for you, to come on home and turn me on” esas palabras asomaban tímidas de mis labios mientras mi mente volaba otra vez a su recuerdo. ¿Por qué me enamoré de él? ¿Por qué continuo con este juego donde ya he perdido, donde soy un peón olvidado, sin nada que defender? No hay explicación. Amo a Hernán y desde el principio me dispuse a entragarle mi corazón en cada fugaz encuentro, en cada efímero instante de pasión, gastando mi carne, mis labios y mis uñas en él. Aunque su amor siempre sea ilusorio, vacío y superficial. Nada importa, lo amo y estoy dispuesta a continuar con esto mientras él continúe naufragando en mi cuerpo. De pronto, el sonido del timbre interrumpió mi desbaratada controversia.
-¡Voy!- grité, poniéndome con torpeza y rapidez los zapatos. Corrí a abrir la puerta.
-¡Hola gorda!- me saludó sonriente. Entró con confianza, y con una agilidad propia suya, me tomó entre sus brazos alzándome en un efusivo abrazo.
-Hola- Respondí yo. Tan torpe, tan tímida ante mi quimérico príncipe de sueños realizados.
-¡Estas linda eh!- y sin darme tiempo a responder (a reaccionar siquiera) me dio uno de esos besos que solo él sabe dar, de esos que son dulces y apasionados a la vez. Esos besos que logran estremecerme siempre. Sabe qué tan importante es para mí, es consciente de todas y cada una de las cosas que me vuelven loca. Es todo un estratega, un maestro. Desde un principio supo aprovechar cada una de mis debilidades a su favor. Sabe que soy esclava de su piel, y lo disfruta.
Una vez en la mesa me dispuse a servir, sin sorprenderme que no haya advertido en todo lo que había preparado para él.
- Perdoname gorda- me dice- Salí tan apurado de casa, que me olvidé la billetera cuando me cambié el pantalón, ¡yo que iba a traer el postre!- me mira con cara de pena, y me hace un fingido puchero como un niño con cara de “yo no fui”.
¡Como lo odio y como me encanta al mismo tiempo! Pensaba y me contradecía sola, al final le dije:
- No te hagas drama negro, no va a hacer falta- le guiñé el ojo, cómplice de su sonrisa.
Cenamos sin sobresaltos, el tiempo pasaba entre bastos silencios y efímeras conversaciones sin sentido, envueltos en esa encantadora atmosfera que él omitía con indiferencia. La luz de las velas realzaba las facciones más perfectas de su rostro, mientras que la música de fondo decoraba y acompañaba con suavidad el irresistible timbre de su voz.
- Riquísimo gorda, la verdad, cada vez cocinas mejor. Y todo esto que preparaste (decía mientras guiaba la vista alrededor de la habitación) me encanta, sos tan romanticona vos- y concluyó la frase guiñándome un ojo.
No pude evitar sonreír complacida, al recibir el tan desgastado halago (por llamarlo de alguna forma, ¿no?) sin decir una palabra, esperé que encienda su infaltable cigarrillo de “después de comer” y procedí a levantar la mesa y llevar todo a la cocina.
Con la tranquilidad y la alegría que me provocaba tenerlo en casa me dispuse a lavar los platos, antes de volver a su encuentro en la otra sala. Pero al cabo de unos instantes sus brazos tomando mi cintura por la espalda interrumpieron la labor.
Con la exactitud de un experto, empezó a recorrer con sus labios mi cuello, mientras que sus manos exploraban mi vientre. Giré en el lugar para quedar frente a sus ojos de avellana, y con una velocidad increíble me alzó con gracia y me sentó sobre la mesada de la cocina quedando justo a la altura que a su pelvis más le convenía.
Me abrazó con fuerza y con ternura, besándome con intensidad y con calma a la vez, coordinando sus labios y su lengua a la perfección en mi boca, cuello y orejas. Me acariciaba el pelo y me hacia temblar. Mi respiración poco a poco comenzaba a alterarse, al igual que las palpitaciones que resonaban cada vez con más fuerza en mi pecho. Me quitó con la elegancia de un cortesano la remera, y así, sus sentidos tuvieron la libertad de acariciarme a su antojo. No hay nada más hermoso que sentir su calor sobre mi piel, nada podía compararse con eso. Sus besos enseguida empezaron a buscar los lugares más escondidos dentro de mi corpiño. Mis manos a su vez se enredaban con lujuria en su despeinada cabellera. Rodee su cintura con mis piernas, aproximando cada vez más, nuestras partes más ardientes. El aire comenzaba a espesarse, a contagiarse de la pasión que exhalábamos agitados.
Lo ayudé a quitarse la remera, apurados, sin alejar la proximidad de nuestros cuerpos. Y volvió a tomarme entre sus atléticos brazos, esta vez para llevarme sin más preámbulos a la habitación. Sin dejar de tocarnos caímos juntos sobre la cama, enredándonos, sintiéndonos y gastándonos en caricias que zigzagueaban entre los abismos de la ternura y la obscenidad.
Dos expertos amantes, el uno para el otro. Supimos entendernos desde el principio, y esa conexión tan viva, tan sentida, ni siquiera él podía negarla.
Desabrochó mi corpiño en una maniobra casi imperceptible. Luego, en un armonioso movimiento acabó dejándome encima de él. Tenerlo ahí, en mi ilusorio poder, me transmitía un frenesí imposible de explicar. Su torso desnudo complacía mis hambrientas ansias de disfrutarlo.
Nos movíamos al compás, sintonizados, excitados. Sentía la vida en su piel. Sentía que nadábamos en un mar de lamidos, que volábamos en un cielo de erotismo, que bailábamos al ritmo de nuestros cuerpos.
Sembré besos en su pecho y en su vientre, en exasperados intentos de saciar la sed que me consume durante su ausencia.
Al mismo tiempo despojamos el uno al otro de las ropas que sobraban, que aun nos distanciaban del encuentro. Las manos y los labios, desesperados, buscaban su calma en los rincones más prohibidos de la cordura. Las percepciones más sublimes y ardientes se encendían y estallaban como mil cristales de placer sobre todas mis células nerviosas.
Embebidos en una mezcla de sudor y lujuria, nuestros sexos se encontraba una vez más. Éramos uno solo al fin, como un engranaje perfecto, como un rompecabezas de solo dos piezas.
Allí estaba yo: gozando, sufriendo; rasgando con furia y con deseo la piel que amaba y que odiaba, esa de la que era esclava por propia voluntad.
Ahí estaba él: disfrutando, satisfaciendo sus necesidades humanas. Ultrajando mi cuerpo, mis sueños y mi amor.
En un abrazo, en un gemido, en un grito, el éxtasis de nuestras ganas llegó a su fin. La consumación del deseo, la posibilidad de morir y renacer en un beso.
Recostados los dos, ahora nuestras figuras se acomodaban para el descanso. Apoyar mi cabeza sobre su pecho y dibujar figuras con la yema de los dedos sobre él, eran el consuelo más lindo y más triste para mis equivocados sentimientos. Me dormí así, refugiada en sus brazos.
De repente, la sorpresa: un ruido extraño quebró la quietud de mis sueños. Me desperté y no estaba, era mi almohada a quien abrazaba, la cama todavía hecha y yo, aun vestida. La música continuaba sonando, y las velas se consumían con lentitud. El timbre sonaba inquieto una vez más, entonces comprendí: una nueva posibilidad de morir y renacer en sus besos.

2 comentarios:

Meison Epimeison dijo...

Bue-ni-si-mo!

vαℓ dijo...

Fascinante, no hay otra palabra que describa tu forma de escribir. Me encanta.
vaal.-96@hotmail.com
Agregame, así podríamos habalar si querés obviamente :)
Jajaja, quedé tan boba con lo qeu escribiste (en forma de halago) que me olvide de lo primero jajaja, me llamo Valentina.

Besito.