martes, 9 de octubre de 2012


Déjame un instante sin pensar. Déjame hablarte con el silencio, con los pensamientos. Permíteme posarme en el viento. Déjame los sentidos escondidos bajo el papel. Escucha, escúchame. Siente en el aire la respiración de la noche, la tinta no derramada de nuestros labios. Déjame la mirada en los ojos. Tómame en las palabras, destruye los restos de mi piel. Cállame la sangre que enerva, que me revienta. Escúlpeme tus dedos en la memoria. Aléjame la conciencia de los espejos. Déjame la esencia en llamas. Despídeme sin lágrimas. Añórame los recuerdos maltratados. Descúbreme en los desvelos, susurrando. Despójame de estas sensaciones que me persiguen. Evítame el llanto de la soledad con tu eco. Déjame, déjame en penumbras cuando las heridas lo ameriten. Lléname los espacios de la ausencia. Dibújame las penas que disimula mi rostro en tu reflejo. Suéltame ahora, después del “más tarde” que no cumpliré. Abandóname ahora, antes de los tiempos verbales inventados. Niégame la posibilidad de besar sombras a escondidas. Déjame sin momentos inoportunos. Acércame las huellas de ser que jamás alcanzaré. Sostenme los pedazos de no dejan de quebrarse. Escúchame en esta noche vacía. Estoy implorando entre versos malhechos. Húyeme por el estrecho que encuentres. No me compadezcas. Ignórame en las suplicas. Rescátame ¡Por favor! Descuídame durante la primavera de tus urgencias. Defiéndeme de las ideas interrumpidas. Engáñame con una retirada de juguete. Déjame un instante sin pensar, pero no olvides regresarme en la mañana.   

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